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Lee un libro

1 marzo, 2015

Lee un libro concentrada en cuerpo y alma. ¡Y qué cuerpo!

Flocafé de Maroussi, nueve y media de la mañana.

De vez en cuando hace un movimiento como de péndulo con la mano. Podría ser para ahuyentar a las molestas moscas, un saludo sutil a la joven que se sienta en la mesa de enfrente o una señal en la que me pide que me acerque, a la que yo respondo con rictus de exclamación y de interrogación. De puntos suspensivos.

Justo en ese momento suena su teléfono. Contesta en ruso haciendo un gesto como si escribiera en el aire. Escucho, veo. Presto atención en silencio pero no entiendo nada, hechizado por la prosodia de su belleza. Ojalá que nunca termine.

Pero termina.

De pronto alza con una mano su libro abierto, lo coloca a la altura del pecho y lo cierra súbitamente. Intentaba cazar una mosca, supongo. Lo abre de nuevo, con cuidado, pasa la página y me mira. Fijamente. Sonrío, mudo.

 

-¿Ruso? –le pregunto señalando el libro–.

-Ruso –me responde–.

-¿Rusa? –interrogo curioso–.

-Ucraniana –me corrige–.

 

Una prostituta, pienso.

-No, poetisa –me dice–.

 

Y comienza a hacer el mismo gesto, el de como de péndulo, que ahora traduzco como un “vete de inmediato” seguro de que en este momento, además, puede leer mi pensamiento.

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