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Todo parecido con la realidad…

3 enero, 2015

“Un tiarrón con pinta de culturista —joven, de unos ciento treinta kilos— nos abrió la puerta. Tenía cara de bebé y hoyuelos muy marcados, y llevaba una camiseta sin mangas y una gorra de los Cleveland Indians con la visera de lado. A Calderoni lo recibió con uno de esos saludos de colega, chocando los puños y palmeándose mutuamente la espalda. En cambio, a mí me dirigió una mirada suspicaz, con los ojos entornados, hasta que el senador dijo: «Tranqui, Nesquick; yo respondo». De inmediato reaparecieron los hoyuelos y nos hizo pasar.

“Supongo que, como muchas personas, arrastro un montón de ideas preconcebidas sobre los burdeles. Siempre me imagino una mansión victoriana de Nueva Orleans, un montón de encajes y una elegante madame entrada en años aunque todavía hermosa.

“Pero, bien pensado, parecía más lógico el panorama que tenía ante mis ojos: un rectángulo de unos cuatrocientos metros cuadrados sin mobiliario, salvo unos sofás de cuero negro y una pantalla de plasma de sesenta pulgadas. Había dado por supuesto que habría una barra de bar donde acomodarse, o una especie de sala de estriptis desde donde vigilar a Calderoni sin tener que hacer nada que luego tuviera que reprocharme. Pero aquel lugar estaba pensado para los VIP y no había dónde esconderse. De mala gana, me senté en un sofá.

“Una señorita se instaló a mi lado, invadió de inmediato mi territorio y se presentó a sí misma:

—Me llamo Irina. Soy de Rusia.

—Qué original.

—Gracias.

“¿Por dónde empezar la descripción de Irina? Lucía un falso diamante Monroe: un piercing junto al labio superior que quería parecerse al bello lunar de Marilyn; se había maquillado a base de purpurina y llevaba algo que, generosamente, podría describir como un vestido. Enseguida se puso pesadita con las manos, pero yo no estaba demasiado preocupado por mí. Quizá tuviera que montar una escena o abandonar el lugar, pero tenía muy claro que no iba a jugar al gato y el ratón con aquella chica. Me tenían sin cuidado los comentarios de Dino. En algún punto había que poner el límite.

“Acurrucada junto a Calderoni, se sentaba una coreana con un par de coletas cuyo nombre no había logrado entender. En mi atribulado monólogo interior empecé a llamarla «Hello Kitty». Era evidente que ambas chicas acababan de bajarse del barco, como quien dice; casi podía olerse el embalaje. En vulgaridad y estridencia, Kitty no le llegaba a la suela del zapato a Irina; era bastante mona, de hecho, y tenía un aire ingenuo. Por fortuna me había tocado la chica que más me repelía. No habría de sufrir ninguna tentación.

“Me iba defendiendo bastante bien de Irina mientras ella trataba de subir la mano izquierda por mi muslo, caminando con dos dedos, y llegué a pensar que quizá lograra salir de allí con el pellejo y el alma intactos.

“Casi empezaba a tranquilizarme, salvo por el chaval de la cocina: un chico menudo y bastante joven —quince o dieciséis años— que no prestaba la menor atención a las actividades en la sala de estar (era una de esas casas de planta abierta llena de ecos). Sentado en un taburete junto a la encimera de la cocina y con la mirada totalmente perdida, tecleaba sin parar en su móvil con un pulgar mientras con la otra mano se arrancaba las costras de acné de las mejillas. Cada vez que trataba de desentenderme de él, debía de llegarle algo divertido al móvil a través de las ondas, porque soltaba una risita afeminada que inundaba toda la casa y me ponía los pelos de punta. Aquel chaval no debía de pesar más de cincuenta kilos, pero en cierto modo me daba más miedo que Nesquick.

“Irina parecía haberse convertido en un pulpo. El chico se deshizo otra vez en risitas. Cuando ya creía que la cosa no podía ponerse más espeluznante, Nesquick se acercó al estéreo y puso un CD. Unos violines interpretaron una melodía que sonó a través de los gigantescos altavoces. Me costó un momento identificar la música. Se trataba de Dusty in Memphis, «Just a Little Loving».

“La música acabó de darle a la escena un ambiente de pesadilla. Ya estaba bien, me largaba. No quería perder mi licencia de abogado (me la había sacado en Virginia en febrero), ni tampoco traicionar a Nadia. La cuestión era si podía hacerlo sin echar a perder todo mi trabajo con Calderoni hasta el momento.

“Cuando ya me levantaba para irme, se produjo un diálogo silencioso a base de miradas, entre el senador y Nesquick. Este asintió y abrió una caja lacada que había en la mesita. Tuve un mal presentimiento acerca de su contenido.

“Supongo que no deja de reflejar mi estado de ánimo el hecho de que sintiera un enorme alivio al observar que solo sacaba el instrumental para drogarse: una pipa de cristal.

“Casi me entraron ganas de darle un abrazo a Irina (casi). ¡Aquellas chicas no eran prostitutas! Eran tipas colgadas de las drogas. A punto estuve de darme una palmada en la frente. Yo no había fumado marihuana desde hacía años, pero reconocía una pipa cuando la veía. Tenía ganas de explicárselo todo con una carcajada a mis nuevos amigos de La Cecchingola. Incluso (tal vez un día) podría explicárselo a Nadia. Le encantaría la historia: «El senador Calderoni me llevó a casa de unos traficantes para fumar un poco de hierba, y yo me puse como loco pensando que me había llevado a un burdel». Jo, quizá no me vendrían mal unas caladas después de ponerme tan frenético.

—¿Te apetece echar una nube? —me preguntó Nesquick.

—No, gracias —contesté. Él me miró como si yo fuera un agente de narcóticos, pero cargó la pipa pese a todo. Yo no había oído nunca la expresión «echar una nube», pero no le di mayor importancia (no estaba del todo atento) ni tampoco le atribuí un significado especial al soplete de butano que sacó acto seguido, ni al tintineo que sonó en la pipa mientras la cargaba.

“No, no lo hice; tan solo cuando encendió el maldito chisme, cuando llegó a mis narices un vapor repulsivamente dulce que recordaba en cierto modo a productos de limpieza para el baño, caí en la cuenta de que no tenía nada que ver con la vieja e inocente (ya me entienden: la-probé-un-poco-en-la-universidad) marihuana americana.

“Como no quería provocar a Nesquick, sobre todo ahora que tenía los dos pulmones llenos de vaya a saber qué droga, adopté un tono despreocupado:

—Ah, así que es…

—Tina —dijo Calderoni.

—Tina, vale.

—Hielo —añadió Nesquick, desabrido.

¿Crack? ¿Aquello era crack? ¿Me había metido en un antro de crack?

—¡Ah, bueno! —dije—. Coca.

—No, no; tina. Cristal.

“Irina soltó una risita ante mis problemas de vocabulario, que yo consideraba bastante rico. O sea que…, ¡cristal meta! ¡Ajá! Me sentía como si acabara de ganar un concurso de la tele, aunque la verdad era que no sabía prácticamente nada, salvo que mis nuevos amigos no estaban fumando crack.

“Mi conocimiento sobre la meta (lo había aprendido durante mi entrenamiento, donde un número nada despreciable de operarios de la “sala de máquinas” —las ratas de las bodegas— eran, o habían sido, adictos a la metanfetamina) es que tiene un doble efecto: provoca que se te arrugue la polla igual que si te zambulleras en el mar del Norte y, a la vez, te pone infinitamente cachondo, situación del todo paradójica que provoca una cantidad tremenda de problemas entre los cuales, desde luego, no quería verme metido.

“Irina soltó una gran bocanada de humo y me recorrió con los ojos como si yo fuera la mesa de un bufé. Nesquick, Kitty y Calderoni se largaron de allí (aunque advertí que los dos caballeros se tomaban primero una especie de pastilla), dejándome solo con mi amor soviético, que hizo una finta y consiguió por fin desbordar mis defensas y meterme mano. Me las arreglé para sacarle la zarpa sin que se llevara ninguna porción esencial de mi anatomía.

“Ella puso una expresión desolada, la verdad, pero aún temblaba gracias a la energía proporcionada por la droga.

—Oye, lo lamento. Eres muy guapa. Pero no soy como te imaginas. Tengo que irme —dije levantándome.

“Y entonces, bendita sea su alma, Irina se arrellanó en el sofá y, dirigiéndome una mirada dulce y santurrona, farfulló:

—Ya te entiendo.

—Estupendo. Sí, sí; no es nada personal. Pero debo irme.

—Ya. Eres marica; no hay problema. Yo lo arreglo.

—No, no, no, no —protesté.

“Irina le dijo algo al chico de la cocina en un idioma que se parecía más al polaco que al ruso y luego lo repitió a gritos para llamar su atención. Él puso cara de fastidio y subió arriba enfurruñado. Debería haberme imaginado en cuanto le puse la vista encima que aquel chaval era un friki de las anfetas.

“Revisé mi teléfono móvil. Otro mensaje de Nadia: «Se me cierran los párpados, cielo. Buenas noches. Dame un beso cuando llegues».

“Hacía rato que sentía como si la estuviera traicionando, pero aquello fue como retorcer el cuchillo en la herida. Me acerqué al vestíbulo, junto a la escalera.

—Solo quiero decirle a Marco que he de irme —le grité al chico.

“Aguardé un minuto, balanceándome sobre los talones y lanzándole de vez en cuando, idiota de mí, una sonrisa nerviosa a Irina.

“Al fin el chaval reapareció en lo alto de la escalera y me hizo señas de que subiera. El vestíbulo del segundo piso estaba todavía más desnudo que el de la planta baja. Me guió hasta el fondo de un largo pasillo y me hizo pasar a una habitación exigua con puertas correderas a ambos lados, como las que separan las suites de un hotel.

—Espere aquí —dijo, y desapareció.

“Pasó un minuto, dos. Pensé en largarme por las buenas, pero para contentar a Dino (me había dicho expresamente que no me separase de Calderoni), me pareció que no debía dejarlo sin avisarlo. Al fin, Nesquick, el monstruo con cara de bebé, apareció en albornoz; lucía las mejillas sonrosadas.

—Quiero hablar con Marco, o quizá pueda usted decirle…

“Él señaló con un gesto las puertas correderas que tenía a su espalda y, a continuación, las abrió por completo.

—¡Eh, Marco! —grité al reconocer al ilustre senador, pero enseguida me falló la voz. Estaba enredado en una orgía tan compleja que casi parecía un ejercicio coreográfico. Desvié la mirada en el acto, cosa que me sirvió para atisbar otra habitación, donde un tiparraco de más edad estaba en pleno abrazo con dos damas.

“Miré hacia la pared, momentáneamente paralizado, mientras reunía el control muscular necesario para salir de allí cagando leches. Entonces oí que Calderoni me decía: «¡Entra, Popo!»

“Nesquick se despojó del albornoz. No sé qué pastilla habría tomado, pero compensaba con creces los efectos secundarios de la meta.

—Irina ha dicho que me querías a mí —dijo.

“Me lancé hacia la puerta que me libraría de aquella pesadilla, pero el culturista me cerró el paso.

—¿Qué te ocurre? —preguntó. Yo miré al techo y, dando un buen rodeo, traté de alcanzar la salida—. Quiero decir, Marco ya lo ha pagado todo.

“Se me acercó un poco más, implacable como un ejército de zombis. Detesto perderme una fiesta o una buena ocasión, pero a esas alturas yo ya corría más deprisa que en toda mi vida. Para aquellos de ustedes a los que, desde su hogar, no se les escapa ningún detalle, debo aclararles que me había equivocado cuando pensé que me hallaba en una casa de putas y también lo hice cuando pensé que estaba en un fumadero de marihuana. No, damas y caballeros, habíamos sacado el premio gordo: estaba en un burdel de amplio espectro propulsado con metanfetamina, en compañía del ilustre caballero de Rimini.

“Me sentía consternado, quería borrármelo todo de la mente mientras bajaba los peldaños de tres en tres. Aterricé dando un traspié en el vestíbulo y, al incorporarme…, descubrí que acababa de llegar la policía.

“Durante medio segundo, casi me alegré. La caballería venía a salvarme de aquellos malos malísimos y de la verga gigante de Nesquick. Pero cuando me pusieron en las muñecas las esposas comencé a calibrar la enormidad del jaleo en que estaba metido. Ya no me enfrentaba a una acusación por allanamiento fácilmente subsanable, que era lo peor que podría haberme ocurrido tras mi incursión en el Gilda. No; ahora me aguardaban dos o tres acusaciones por graves delitos, y Roma está plagada de jueces con afición a la horca.

“Pero en lo único que pensaba era en mi padre. El viejo cabrón me lo había predicho.”

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