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29 de diciembre

29 diciembre, 2013

La primera imagen consciente que tengo de él es la de un hombre atractivo –con el rostro desencajado– que entró corriendo a un cuarto de baño mientras un niño gritaba “¡socorro, auxilio!” Yo aún no lo sabía pero ese hombre asustado era mi tate Juan y al escuchar los gritos que salían de mi casa buscó las llaves en el primer cajón del armario de su salón y cruzó, raudo, toda su vivienda, el descansillo de la escalera y mi propia casa después de abrir con sus llaves.

La segunda imagen consciente que tengo de él es la de un hombre atractivo de unos cuarenta años –con el pelo cano– que se reía a carcajadas al comprobar que ese niño de tres, yo, pedía auxilio porque no le apetecía bañarse ese día y su madre ya lo había metido en la bañera.

Recuerdo cómo llorábamos en casa cuando supimos que el Banco Atlántico, la empresa en la que trabajaba, lo destinaba a trabajar en Madrid, en una oficina cerca del Retiro.

Me acuerdo de mis primeros paseos por la capital, de cómo me llevaba de la mano por el centro, de cómo me enseñaba la ciudad y de cómo me acariciaba el pelo cada vez que parábamos en un semáforo en rojo.

Gracias a él sé cómo huele el tabaco negro, el anís, el café solo y las bolitas de alcanfor. Y eso también es vida.

Recuerdo cómo hacíamos planes para vivir con él, con su familia, cuando yo me fuera a Madrid a estudiar periodismo, al principio, y psicología, poco después.

Me acuerdo de las calurosas ferias de Peñaflor, de las noches en vela cazando lagartijas –aunque le dieran miedo– y de las mañanas al fresco en el Bar Central, el único del pueblo.

Recuerdo todas y cada una de las batallitas que me contó –sin ser él de contar batallitas– y de cómo pensé que era un héroe romántico cuando me decía que, en su juventud, recorría todos los días en bici los 10 kilómetros que separan Palma del Río de Peñaflor. Tampoco olvido la vez aquella que me dijo que atrochó por una finca con toros y que le costó un disgusto. O dos: una bicicleta destrozada y tener que mal dormir una noche entre las ramas de un árbol.

Le gustaba el fútbol así, como concepto, todo, sin haberse declarado nunca de ningún equipo.

Recuerdo lo cariñoso que era con su mujer, mi Tata, Lina, con sus hijos Juan Francisco y Ángela, y con todos los allegados, con todos nosotros.

Sé, porque me lo ha contado mi tata, que hasta el último momento le ha dado besos a diario. Y que siempre le ha dicho lo especial que es. Aunque el tratamiento le estuviera consumiendo, aunque estuviera sondado.

Y hoy, el fatídico día en que le hemos despedido, siento un vacío inmenso en el pecho. El tipo de vacío que se siente, quiero suponer, cuando una persona que ha sido muy importante en tu vida durante 32 años desaparece.

 

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One Comment leave one →
  1. Bebra_enf permalink
    30 diciembre, 2013 12:33

    Un fuerte abrazo y un beso…

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