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Nuestra presión

30 mayo, 2012

Artículo publicado en El Diario Fénix el día 29 de mayo de 2012.

Que la manida frase “La tierra, para el que la trabaja” es una utopía mal formulada no se le escapa a día de hoy a casi nadie.

En contraposición a esta frase, y creo que con esta la gran mayoría de los lectores estará de acuerdo, podríamos decir que “La tierra, para que el que la pelea y la defiende”.

Efectivamente, soy de ese tipo de personas que piensan que además de cultivarla, la tierra tiene algunas necesidades específicas que obligan al que la posee a gestionarla a conciencia y a defenderla a capa y espada. Más que nada porque puede llegar otro más listo que se la arrebate en un abrir y cerrar de ojos.

Pelear por la tierra, luchar por ella es duro. No es fácil. No basta con salir a pedirla. Hay que jugarse el tipo por ella.

Por eso mismo, por esa frase, estoy convencido de que nunca tendremos la oportunidad de cambiar la situación en la que actualmente está el país, España. Bueno, por eso y porque somos unos bocazas de esos de los que se calientan en un momento, pero que a la hora de la verdad se vienen abajo. Vamos, como muy acertadamente diría el señor Pérez-Reverte, unos mierdas.

Durante mucho tiempo nos hemos conformado con protestar, con salir a la calle blandiendo buenas intenciones, enarbolando banderas que lo único que han hecho ha sido enfrentarnos, más que unirnos, gracias a las malas artes de unos u otros políticos. Por eso, y mientras sigamos manteniendo esta activa pasividad, seguiremos viviendo en un país endemoniadamente corrupto y jodidamente mal gestionado en el que los privilegios de unos pocos ⎯ poderosos y/o con la vida solucionada ⎯ prevalecen sobre los de la mayoría ⎯ hayan votado en las elecciones generales al partido político que hayan votado ⎯.

Mientras sigamos protestando, o lo que es lo mismo, hasta que no salgamos a la calle en son de lucha, buscando pelea, no nos haremos oír. No hablo de pelear contra los policías ⎯ ellos al fin y al cabo son unos ciudadanos más que antes o después se darán cuenta de que los que les pagan, de que a los que tienen que rendir servicio, es al resto de la ciudadanía, en lugar de servir de guardias de seguridad privada a los políticos ⎯, no hablo de pelear contra la iglesia ⎯ eso es harina de otro costal ⎯ , no hablo de pelear contra nosotros mismos. Pido pelear contra los poderes, contra los que mandan.

Pido salir a la calle a luchar contra los políticos. A abuchearles en público cada vez que entren o salgan de su casa, cada vez que entren o salgan de sus puestos de trabajo. Hablo de escupirnos en las palmas, frotárnoslas y ponernos manos a la obra con el fin de lograr el fin de este sistema con el que nos han embaucado, con el que nos han engañado, cambie. Pido arruinarles la vida como ellos mismos se la han arruinado a miles de familias en este país, a millones de personas. Hablo de que comprendan, de una puta vez, que ser político no es ponerte una corbata, citar a los medios de comunicación a la una de la tarde y reírte de todo un país. Tienen que sentir la presión. Nuestra presión. Tienen que sentirse intimidados. Han de saber que no tienen un cheque en blanco para hacer lo que quieran. Tienen que sentir que su impunidad no es tal y que entre todos somos capaces de tumbarlos en un momento. Tienen que comprender que ser político no es la gallina de los huevos de oro, no es estar un paso más cerca de una jubilación de platino y de una cuenta corriente diamante. Ser político es servir y rendir cuentas a la comunidad, al país, a todos nosotros. Hasta ahora han visto nuestras protestas como una pataleta de recreo. Se han acostumbrado a las muchas palabras y los pocos gestos, al igual que yo me acostumbro a las pataletas de mi hija y dejo de prestar atención a lo que me dice cuando se enfada porque no se sale con la suya. Al igual que todos lo hacemos. De eso hablo, de cargarnos a los políticos azules, a los rosas, a los rojos y a los granates. De quitarlos de en medio.

Pido salir a la calle y luchar contra los bancos. No de romperles vitrinas, no de pintarles en las puertas mensajes subversivos. Hablo de luchar de verdad, hablo de atizarles donde más les duela. Hablo de quitares nuestro dinero, de no dejarnos amedrentar por los mensajes apocalípticos que afirman que si sacamos nuestro dinero de los bancos el mundo involucionará hasta explotar en un Big Bang nunca antes visto. Hablo de arruinarles, como ellos han arruinado a millones de personas también. Hablo de jugar como ellos, duro, sucio. De pelear, de guerrear si es necesario. Hablo de tumbarles en la bolsa, de que comprendan que no somos gilipollas, que no somos putas y ponemos además la cama. Hablo de hacerles pasar miedo, noches en vela. Casi tantas como las personas a las que han embargado o están a punto de embargar. De vivir como vivieron nuestros abuelos, nuestros bisabuelos, sin créditos de por medio, en contante. De eso hablo.

Pido no pagar ni un euro en impuestos. No pagar multas, no acatar sentencias judiciales referidas a dinero. No cumplir con nada. Vivir en una completa anarquía fiscal durante un tiempo. Al menos hasta que los políticos, los miembros de la familia real y los amiguetes varios implicados en casos de corrupción y de asaltos a mano armada a nuestras arcas, paguen por sus turbios negocios. Hay muy poco camino que recorrer para empeorar y muchísimo para mejorar.

Pido dejar las palabras, los tuits, los artículos de opinión en los periódicos y salir a la calle con mucha mala leche. Sin banderas, sin pancartas, con las manos ocupadas en cualquier cosa que nos pueda servir de arma que consiga el objetivo de humillar a los que mandan, de derrotarlos, de hacerles ver que somos más, más fuertes y más concienciados con los derroteros que este país está tomando.

Pido que luchemos, que nos partamos la cara por las personas que en el pasado lo hicieron por nosotros, que nos abramos las carnes si es necesario por nuestro presente, que guerreemos hasta la extenuación con el único objetivo de darle un futuro a nuestros hijos.

Sé que es una empresa difícil para una persona, pero también sé que somos casi 45 millones. Luchemos, pues.

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