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Marcelino

6 mayo, 2012

Hay días en los que, a la fuerza, tengo que sentirme decepcionado por las personas. Así, en general. Decepcionado con la raza humana, con todos. Días en los que dejo de creer en la bondad, en la integridad, en los valores.

Uno de esos días fue, por ejemplo, cuando una amiga mía me confesó entre lágrimas cómo tuvo que salir corriendo de su casa, con lo puesto y con dos hijas pequeñas por delante, para evitar que el que por entonces era su pareja – y también padre de las niñas – las matara a las tres a golpes. Lo hizo una noche en la que él, borracho como una cuba, retomaba fuerzas para poder volver a atizarles a la mañana siguiente. Mi amiga, que ya había tomado la decisión hacía unos días, alquiló un coche esa misma mañana y salió de madrugada, A-4 mediante, de Madrid a Sevilla.

Volví a caer en la decepción cuando años después esa misma amiga mía, artista del mundo de la canción ligera, me reveló cómo el hombre que ocupó su corazón tras este incidente con su anterior pareja abusó sexualmente de sus hijas, que por entonces tenían 4 y 6 años. Recuerdo cómo las tripas se me revolvieron y cómo sentí, por primera vez, ganas de hacer sufrir a alguien. Mucho. Muchas ganas y mucho sufrir.

Por el contrario hay días en los que, afortunadamente, te vuelves a sentir orgulloso de la condición humana. Siguiendo con la mala vida de esta amiga mía, uno de esos días fue cuando un juez de Sevilla mandó a este pederasta, a este hijo de puta, -Ángel se llamaba – a la cárcel.

En relación a temas de este tipo, ante los que muchos preferimos callar, esconder la cabeza bajo el ala y pasar de largo, hay personas que día a día se juegan la cara con el único fin de denunciar públicamente a pedófilos y pederastas. Se ponen en el ojo del huracán, se señalan públicamente sin pedir nada a cambio. Pierden parte de su vida privada y dedican la mayor parte de su tiempo libre a bucear en Internet para descubrir a personas – por llamarles de alguna manera – que abusan de niños.

Uno de esos, los que yo considero, héroes anónimos es Marcelino Madrigal. Basta con darse una vuelta por su blog, por su perfil en Twitter o por la entrevista que concedió al Diario Fénix para darse cuenta de dos cosas. La primera es que es una gran persona, un padre comprometido y preocupado por sus hijas – y por la mía-. El segundo hecho que notaréis es que es, sin duda, de uno de los héroes de los que hablaba antes. Es una de esas personas que hacen que me reconcilie con la humanidad. Una de esas personas que, al igual que el juez que mandó a Ángel a la cárcel, me devuelven la esperanza.

Ayer me sorprendí, desagradablemente, cuando el mismo Marcelino comentaba que habían modificado la foto que usa como perfil en twitter. En un determinado blog en el que se defiende la pederastia y la pedofilia habían incluído una foto de Marcelino con una esvástica roja en la camiseta. No contento con esto, el tío mierda que había puesto la citada foto le añadía títulos del tipo imbécil, basura, ser repulsivo y fascista.

Cuando vi estas fotos ayer por la noche me acordé del día que, en el patio de la cárcel, pateamos hasta dejarlo inconsciente a un tío que había abusado de su mujer y de su hija. Ayer, con toda seguridad, sabía que si me volviera a encontrar con esa oportunidad lo volvería a hacer. Quizá con algo de más fuerza esta vez. Sería mi granito de arena para limpiar el nombre de Marcelino, para apoyarlo desde la lejanía.

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