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Iom Hashoa

21 abril, 2012

(Texto íntegro del artículo publicado en www.eldiariofenix.com el día 19 de abril de 2012)

Se celebra hoy en Israel un día triste en el que conmemorar a las personas que murieron en campos de concentración nazis, que contrasta con la celebración que tendrá lugar dentro de ocho días, la fiesta por la creación del Estado de Israel. Hoy es “Iom Hashoa”.

Un día, el de hoy, en el que se rinde homenaje, también, a las familias de los que lograron sobrevivir al Holocausto y de los que se levantaron contra la matanza indiscriminada de personas por los nazis, como queda reflejado en el cartel conmemorativo de este día.

Creo que se hace necesario explicar, a grandes rasgos, qué se conmemora hoy. En quienes pensaban todas las personas de Israel cuando a las 10 de la mañana han sonado las alarmas y todos hemos permanecido en pie y en silencio dos minutos. Considero fundamental dar dos pinceladas de historia. Recordar lo que ocurrió. Para que intentemos que nunca vuelva a pasar.

Tras los pogromos de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, tras distintas secuelas de persecuciones en distintas partes del mundo, provocadas por la Primera Guerra Mundial, los judíos se encontraron frente al régimen nazi que comenzaba a utilizar su propaganda antisemita como slogan unificador de las masas hasta arrastrarlas a una terrible campaña de exterminio hecha por la “raza superior” para que “esos hombres superiores” tuvieran su “espacio vital”.

La irrupción del hitlerismo en la historia del siglo XX es el sello de dicho siglo. Así, el siglo XVII fue el de los descubrimientos; el XVIII el de la toma de conciencia de las posibilidades del hombre y su inteligencia, el de la búsqueda de las libertades individuales hecha política; el siglo XIX fue el del racionalismo o el intento de unir datos de la existencia material o espiritual; y el siglo XX, entonces, fue la borrachera del hombre en sus desmesuradas empresas científicas y sociales, el de los excesos, con lo que termina destruyéndose a sí mismo en el nazismo, el fascismo, el comunismo, las dictaduras del Tercer Mundo hechas a imagen y semejanza de las anteriores y la carrera armamentística frenada solamente por la falta de recursos materiales.

Es tan exacto el concepto de “borrachera de los excesos del hombre” en el nazismo que además de los números fríos de la destrucción y el horror por ellos sembrado, llaman la atención los conceptos industrialistas de los nazis para matar a más personas en menos tiempo, y el aprovechamiento material de la persona reduciendo los cuerpos a su “materia prima”: pelos, grasa, etc. Esas nuevas “ideas” son las que asombran, las que siguen causando terror, por encima de la cantidad de personas asesinadas.

Pero “la solución final” llevada a los extremos a los que fue llevada, hizo perder la guerra a Hitler. Sus recursos gastados en matar gente desarmada, inocente y hambrienta no pudieron compensarse con los bienes que se les iba robando ni con su utilización como mano esclava. Los aliados fueron cómplices: sabían, aunque fuera a grandes rasgos, del horror que desplegaba la bestia nazi y les dejaban hacer sin mostrar interés alguno sobre lo que estaba pasando. Les dio resultado, y al haber vencido la guerra, nadie los juzgó… Cientos de miles de muertos no obtuvieron nunca justicia en Europa ni en la EEUU de admirado Roosevelt. La historia tiene muy claros los roles de Pompidou, De Gaulle y Giscard, así como el de los países neutrales y “honorables” como Suiza, repleta del oro robado a las víctimas. Es la misma Europa que bate, hoy, récords de condenas a todos y cada uno de los actos de defensa cuando a Israel lo ataca el terrorismo.

Mientras, los judíos no podían articular un movimiento de real resistencia. Perseguidos durante 1500 años, muchos creyeron que la resistencia costaba vidas en vez de salvarlas. La historia, la teología, el folklore, la estructura social y hasta el propio vocabulario judío no estaban preparados para enfrentarse a un enemigo dispuesto a asesinar sin piedad. Pensaron que negociar, pagar, dar discursos, alegatos, protestas alcanzarían: no se creía necesario ni posible luchar. Las comunidades de Europa Oriental, por ejemplo, estaban acostumbradas a ser echadas de un lugar a otro. Algunas se habían ido a América. Los más combativos secaban pantanos en Israel para construir sus propias ciudades. En Europa no había esperanza.

Para descartar toda resistencia, los nazis utilizaron la sociología y la psicología judías. Hacer listas de nombres, informes, estadísticas, difundir nuevas normas, crear cuentas abiertas a la Gestapo, preparar mapas y diagramas para deportar fueron tareas hechas por los Consejos Judíos. La mayoría de los líderes judíos estaban sumisos, temerosos, aturdidos para patalear. Así se formaron modelos totalitarios que se repetirían en la historia.

El engaño, para muchos, llegaba hasta el último momento, el de la deportación a campos de trabajo y los “cuartos de duchas”.

Pero en 1942 dos jóvenes judíos huyeron de uno de los campos de concentración, en Chelmo, y explicaron lo que vieron. La historia se confirmó y los judíos de Varsovia comprendieron, como no lo habían comprendido los judíos de otros lugares que allí había una maquinaria de muerte y algunos se decidieron a combatirla.

En Varsovia, pretextando construir refugios antiaéreos, los judíos comienzan a excavar túneles conectados con el sistema de cloacas. Los dirige un joven de 24 años, Mordejai Anielewicz, que recluta a 750 combatientes y consigue apoderarse de 9 rifles, 59 pistolas y algunas granadas.

Los nazis planeaban liquidar lo que quedaba del ghetto de Varsovia el 19 de abril, para celebrar el cumpleaños de Hitler. Entraron al ghetto 2054 alemanes, protegidos de artillería pesada desde fuera de sus muros, cañones de tiro acelerado y tanques.

En la lucha desesperada que siguió bajo tierra, la resistencia judía mató a 16 alemanes e hirió a 85. Anielewicz fue muerto el 8 de mayo, el resto resistió ocho días más. Algunos países europeos con ejércitos no equipados no habían resistido tanto a los nazis.

Después, la lucha se convirtió en una guerra de guerrillas. Este esfuerzo desigual, con el final que todos esperaban, fue un hito en la Segunda Guerra Mundial y un acto de heroísmo pocas veces visto en la historia mundial.

Por eso hoy, en Iom Hashoa, no solamente recordamos a los seis millones de asesinados por el animal nazi con la complicidad de todo el mundo, sino a los héroes que dijeron no y resistieron.

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