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Duele

9 febrero, 2012

Ser padre separado y vivir lejos de tu hija es muy doloroso. Ser padre separado y vivir en un país distinto al que vive tu hija es un martirio. Ser padre separado y que el país en el que vive tu hija no te reconozca como tal es un infierno.

Justo eso es lo que me pasa a mi. Vivo en España. Mi hija vive con su madre, mi expareja, en Israel. Tiene pasaporte español expedido desde que nació, ya que desde que tenía tres meses viajábamos a ver a la familia de mi expareja con asiduidad. Tenemos, como es lógico, un libro de familia en el que queda reflejado con claridad que yo soy el padre de mi hija, que su madre es su madre y que tiene dos apellidos: el del padre y el de la madre. Nuestros apellidos.

Desde julio de 2010, casi tres años después de tener el pasaporte español, mi hija tiene pasaporte israelí. Tiene doble nacionalidad. Pero en su pasaporte no figura mi apellido. En sus papeles solo aparece el apellido de su madre. Cuando consultan en el médico, por ejemplo, sus datos, siempre resulta lo mismo: sin padre. Creedme si os digo que duele. Muchísimo. No tanto por el hecho de tener uno u otro apellido, que eso a fin de cuentas es simplemente un dato formal. Duele porque mi hija no sabe cómo se llama. Cuando está con papá tiene un apellido y cuando está con mamá tiene otro. Duele porque ese “sin padre” significa que yo no tengo derecho alguno a decidir sobre su educación, sobre su vida. Ni siquiera puedo viajar de Israel a España a solas con mi hija sin llevar un poder notarial en el que su madre me autoriza a hacerlo. Ni siquiera podría, aunque lo hago, salir a pasear a solas con mi hija por la calle, ya que podrían acusarme de secuestro. Duele. Mucho.

Además de doler, asusta. Me da miedo, pánico, pensar que algún día la madre de mi hija, que conduce casi 70 kilómetros al día para ir a trabajar, pueda tener un accidente de tráfico, por ejemplo. Me da pánico porque ese día mi hija estará destinada o a vivir con su abuela, ya mayor, o a vivir con su abuelo, con serios problemas de salud mental, o en un hospicio gubernamental. Yo no soy su padre aquí. Yo no cuento aquí para nada. Soy un cero. Si algo así sucediera algún día, soy consciente de que volver a ver a mi hija sería un camino muy difícil. Esa es una idea que me quita el sueño. Que me agobia. Que me mata.

Además de doler y de asustar, da rabia. Recuerdo el primer día que fui a un edificio del gobierno para pedir que me explicaran qué proceso había que seguir para que el Estado de Israel reconociera que mi hija tiene un padre, que la quiere, que la cuida todo lo que puede, que responde por ella y ante ella. Llamaron a los responsables de la seguridad del edificio para que me acompañaran fuera después de que le dijera maleducada a la persona que me atendía. Una mujer que se llamaba Rinat y a la que yo, con toda la mala idea del mundo, me empeñé en llamar Ronit ­– para que viera lo mal que sienta que te cambien el nombre. Para que viera cómo puedo sentirme porque eso es lo que han hecho con mi hija- y que empezó a gritarme como una posesa. Ella fue la primera que me dijo a la cara que mi hija era una “sin padre”.

Recuerdo cómo fui a un juzgado a preguntar por las posibles soluciones a este problema y cómo me dijeron que ni el libro de familia ni el pasaporte español de mi hija eran considerados documentos válidos en aquel juzgado. Que con eso no podría probar que yo era el padre de mi hija. Recuerdo que me dijeron que si mi hija hubiera tenido pasaporte israelí hecho durante su primer año de vida, nada de esto hubiera pasado. No podré olvidar su cara cuando le dije que tanto su madre como yo habíamos decidido no hacerlo así porque no queríamos que Noa, mi hija, se convirtiera en una fugitiva. Que fuera buscada y odiada en medio mundo por el hecho de tener pasaporte israelí. Que ella decidiría si lo quería o no cuando tuviera la edad correspondiente. Hecho, este, que a la torera, claro, se saltó su madre en cuanto fue a vivir a Israel.

La única versión que me creo es la que me dijo un conserje del mismo edificio de los juzgados: “Si te apedillaras Rostopovich no tendrías problema alguno para añadir tus apellidos a tu hija. O si vienes con un certificado que diga que eres judío”. No. No soy judío. No creo en Dios. En lo que sí creo, por duro que pueda sonar, es que la mayoría de los judíos, sobre todo su Estado, viven en su propio gueto mental, en su propia exclusión, en su manía persecutoria. Viven en paranoia porque eso es lo que les han metido en la cabeza desde que son pequeños. Lo peor es que se sienten a gusto así. Viviendo encerrados en sí mismos.

La única opción que me ha quedado, muy a mi pesar, es humillar a mi hija. Hacer ver a los ojos del Estado de Israel que es una hija bastarda. Para que se reconozca mi paternidad, su madre ha tenido que pedir una prueba de paternidad y yo decir que hasta que no nos hagamos esa prueba, no la reconozco como hija mía.  Y en esas estoy. Una semana al mes voy al cine, al teatro, al parque de bolas y a pasear por la playa con el miedo de que un mal día vengan dos cabrones, me pidan mi documentación y la de mi hija y me pregunten, oijpláticos, qué coño hago yo paseando de la mano con una niña que yo no considero familiar mío.

No voy a comentar nada de las leyes internacionales, firmadas también por Israel, que dicen que un niño tiene derecho a un nombre y unos apellidos desde que nace y que ese nombre y apellidos han de mantenerse hasta que el niño ya no sea tan niño y así lo solicite expresamente. Lo único que quiero decir, de nuevo, es que duele. Mucho.

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10 comentarios leave one →
  1. 9 febrero, 2012 9:05

    No puedo ni comenzar a atisbar el dolor que puedes sentir por lo relatado. No digo que este sea el caso pero cada día me relatan más casos donde uno o ambos padres separados usan a sus hijos como monedas de cambio para hacerse daño gratuitamente. Es una lástima porque quien más sufre es la criatura en cuestión. Aprovecho para enviarte un abrazo enorme.

    • 9 febrero, 2012 9:15

      Muchas gracias, Lola

      A decir verdad, la madre de mi hija está haciendo todo lo que puede para hacer que la situación se solucione cuanto antes. Supongo que es lo menos que puede hacer después de haber tomado de forma unilateral la decisión de hacerle pasaporte israelí.

      Muchas gracias de nuevo.

      Un abrazo.

      Javier

  2. 9 febrero, 2012 18:39

    Las palabras tiene mucho poder, mucho. Pueden salvar vidas, condenar a las peores miserias, zanjar disputas, iniciar guerras, enamorar, avergonzar, arrancar una sonrisa, acariciar tiernamente… Pero hay algo que se les resiste: curar el dolor. Pueden paliarlo dando calor, confortando, pero no curarlo.

    Sé que estas palabras que te dejo aquí no van a curar ese dolor, lo sé, pero espero que te transmitan algo de calor, por poco que sea.

    Un fortísimo abrazo, Javier

    • 9 febrero, 2012 19:00

      Muchísimas gracias por el comentario, Mónica. No calman, pero apaciguan un poco.

      Muchos besos.

      Javier

  3. 16 febrero, 2012 17:33

    Se me había pasado esta herida y ahora, al leerla, me has dejado sin palabras, una vez más. Intento entender cuánto puede llegar a doler y no puedo. Como mucho, puedo imaginarlo. Mucho ánimo. Representas a la perfección el “quien la sigue, la consigue”. Así que a seguir, llueva, truene o nieve.

    Un abrazo grande

    • 16 febrero, 2012 17:48

      Muchas gracias por el comentario, Olvido.

      Duele, por eso a veces intento no pensar de más.

      Persevero, porque es lo único que puedo hacer de momento.

      Muchos besos.

      Javier

  4. Nora permalink
    17 febrero, 2012 16:25

    Decir que entiendo tu dolor sería estúpido. Solo un padre que quiere a su hija, como se que tu quieres a Noa puede entenderlo.
    Que loco mundo este en el que muchos solo dan los apellidos a sus hijos, muchos otros ni eso y tú, que darías la vida por esa peque te ves privado de ello.
    Que loco mundo este en el que es Noa la que sufre la estupidez y la burocracia siendo una niña. Son sus derechos los que se ven mermados por encima de todo.
    Consuelo… consuelo es saber que Noa ni tiene ni tendrá jamas ninguna duda acerca de quién es su padre, de quien le lleva al parque de bolas y disfruta tanto como ella, de quien le hace saber que es la mejor ayudante de chef del mundo, de quien teje bufandas para ella, de quien le acerca a las Beatles, a la clásica y le cuenta cuentos de princesas…
    Eso es un consuelo, o más que un consuelo el fruto de un padre entregado que se desvive por su hija, como siempre debiera ser.

    Besos

    Nora

    • 17 febrero, 2012 17:05

      Muchas gracias por tu comentario, Nora.

      Has conseguido sacarme la lágrima que tenía enquistada desde que lo escribí.

      Muchísimos besos.

      Javier.

  5. @raulesrules permalink
    11 junio, 2012 14:13

    Qué te voy a decir. Te deseo toda la suerte del mundo. Cuando leí tu tuit pensé que era alguna historia de las tuyas, pero no pensé que pudiese ser verdad.
    Pues eso, ánimo y ya verás como sale todo bien.

    Un abrazo.

  6. 11 junio, 2012 15:49

    Tremendo Javier, no me imagino la sensación, no ya de que no reconozcan tu paternidad, sino estar lejos de mi hija a la que tengo el enorme privilegio de poder dar un beso de buenas noches cada día.
    Tiene que haber alguna manera de solucionar este desaguisado, no? Tu ex tendría que hacerse mirar un poco el tema, no puede tomar estas decisiones que en el fondo también perjudican a la niña.

    Un abrazo amigo, ánimo, espero que Noa algún día conozca todo lo que estás luchando por seguir en su vida y te lo premie de alguna manera.

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