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Indignado

19 abril, 2011

Hace un par de días me regalaron el que a la postre ha resultado ser panfleto propagandístico escrito por Stéphane Hessel y José Luis Sampedro, “¡INDIGNAOS!”

Muchas ganas tenía yo de leer el citado libro. Sobre todo porque, en una situación social y económica como la que vivimos en estos días, consideraba que sería interesante escuchar la versión de una persona con tanto vivido; pensaba, digo, que sería tremendo que nos ayudaran a encontrar los motivos para indignarnos, levantarnos y luchar por nuestros derechos. Y si estos motivos llegan a través de un pequeño libro, capaz de ser distribuido a miles de personas, parte del proceso de concienciación estaría hecho, o al menos abonado para los siguientes indignados pasos.

Mi sorpresa ha venido cuando el libro, o panfleto como lo he denominado antes, no hace sino centrarse en el aspecto que más hace que a día de hoy el autor esté indignado con el mundo. No penséis que es la falta de valores, o la falta de educación, ni siquiera es el hambre en el mundo, o la situación de casi desprecio en la que se encuentra la mujer en medio mundo. Tampoco se le ve indignado por la presencia de recortes en aspectos básicos como la sanidad, la política ante el desempleo, los planes de jubilación. Ni siquiera está enfadado con el hecho de que miles de personas vivan en las calles, día y noche, en ciudades como Madrid, París, Roma, Pernambuco o Matalascañas.

Lo que al Sr. Hessel le molesta es que Gaza sea una “prisión al aire libre” como él la nombra. Que el Estado de Israel tenga al pueblo de Gaza “ocupado con medios militares infinitamente superiores”. Pero, ¿qué coño es esto?

Varias páginas dedica el autor a definir el porqué de su indignación en los años finales de la Segunda Guerra Mundial, cómo su lucha contra el régimen nazi y la invasión de los alemanes a media Europa le dio alas para convertirse en uno de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, además de en diplomático con un sueldo, supongo, nada despreciable.

A veces puede parecer, incluso, que compara al tercer reich con el actual Estado de Israel y que los judíos no son más que seguidores fehacientes de la tarea que Hitler comenzó. Un despropósito, la verdad.

Cita, con inteligencia y con buen tino, la Declaración Universal de los Derechos Humanos varias veces. Queda muy claro que él fue uno de los autores, por lo que me ha venido a la cabeza la imagen esa del escritor en la tele diciendo: “Yo he venido aquí a hablar de mi libro”. Pues eso. Cita también, de forma textual, el artículo 22 de la Declaración: “Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la Seguridad Social, y a obtener, mediante el esfuerzo nacional y a la cooperación internacional, habida cuenta de la organización y los recursos de cada Estado, la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables para su dignidad y para el libre desarrollo de su personalidad”. Estoy totalmente seguro que cuando pensaron en este articulo, y en otros, estaban pensando, también, en las tribus centro africanas, a las que darles una pastilla de ibuprofeno, sea de la marca que sea, no puede beneficiarles más de lo que les puede perjudicar. Antropología. Sigo diciendo que esta declaración debería haberse llamado Declaración Occidental de los Derechos Humanos. De lo que nosotros consideramos derechos y humanos. A lo mejor no estoy tan seguro de que pensaran en ellos también. Pero con nombres rimbombantes se arregla todo.

Habla de lo contento que está de que hayan surgido, en los últimos años, tantas ONG´s que se encargan de aplicar los artículos de esta Declaración por él escrita. Lo que no dice es que esas Organizaciones están soportadas, en su gran medida, con dinero público. Al igual que las corridas de toros.

Comenta, como el que no quiere la cosa, cumbres internacionales organizadas por la ONU, la de Río, la de Pekín, la que marcó los Objetivos para el Milenio (esos objetivos sobre los que todos los estados firmantes se mean y se cagan en la actualidad). Cumbres que han costado mucho dinero y que no llevan a ningún lado.

Nos incita a los jóvenes a levantarnos, a luchar por el bien de los pobres habitantes de Sri Lanka, de Camerún o de Gaza, olvidándonos casi por completo de las nuestras. Y eso, de una u otra manera, no es viable. Al igual que una persona con hambre te dirá “Primero lléname la barriga y luego háblame de filosofía”, un joven de aquí de España, de Europa, a día de hoy le diría a sus gobernantes “Ayudadme a que cubra mis necesidades básicas y luego sal fuera a cubrir la de los demás”

Cuando habla de Gaza, con la ligereza en la que lo hace, consigue, sin lugar a dudas, encenderme. Queda claro que en los últimos 7 años ha visitado la zona 6 veces. Queda claro que ha entrado con su pasaporte diplomático a Gaza. Y, supongo, con su pasaporte diplomático le habrán enseñado lo que quieren que un diplomático vea. Lógicamente no habrá sentido las alarmas de Ashdod, Sderot o Beer Sheva (ciudades israelíes) sonar. Tampoco habrá visto la cara de los habitantes de estas ciudades cuando, al sonar dichas alarmas, tienen 15 segundos para esconderse en el búnker del edificio más cercano. Porque si el Sr Hessel no lo sabe, todos los edificios en Israel se construyen con un búnker bajo tierra. Por lo que pueda pasar.

Otro día escribiré más de Gaza, de Cisjordania, de Israel y de las historias que los medios de comunicación españoles nos cuentan de lo que allí pasa.

Hoy, simplemente, quería decir que sí. Que he acabado indignado. Indignado con “¡INDIGNAOS!”

Y cuando tenga tiempo, más. Que pase el siguiente…

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