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Lee un libro

1 marzo, 2015

Lee un libro concentrada en cuerpo y alma. ¡Y qué cuerpo!

Flocafé de Maroussi, nueve y media de la mañana.

De vez en cuando hace un movimiento como de péndulo con la mano. Podría ser para ahuyentar a las molestas moscas, un saludo sutil a la joven que se sienta en la mesa de enfrente o una señal en la que me pide que me acerque, a la que yo respondo con rictus de exclamación y de interrogación. De puntos suspensivos.

Justo en ese momento suena su teléfono. Contesta en ruso haciendo un gesto como si escribiera en el aire. Escucho, veo. Presto atención en silencio pero no entiendo nada, hechizado por la prosodia de su belleza. Ojalá que nunca termine.

Pero termina.

De pronto alza con una mano su libro abierto, lo coloca a la altura del pecho y lo cierra súbitamente. Intentaba cazar una mosca, supongo. Lo abre de nuevo, con cuidado, pasa la página y me mira. Fijamente. Sonrío, mudo.

 

-¿Ruso? –le pregunto señalando el libro–.

-Ruso –me responde–.

-¿Rusa? –interrogo curioso–.

-Ucraniana –me corrige–.

 

Una prostituta, pienso.

-No, poetisa –me dice–.

 

Y comienza a hacer el mismo gesto, el de como de péndulo, que ahora traduzco como un “vete de inmediato” seguro de que en este momento, además, puede leer mi pensamiento.

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Todo parecido con la realidad…

3 enero, 2015

“Un tiarrón con pinta de culturista —joven, de unos ciento treinta kilos— nos abrió la puerta. Tenía cara de bebé y hoyuelos muy marcados, y llevaba una camiseta sin mangas y una gorra de los Cleveland Indians con la visera de lado. A Calderoni lo recibió con uno de esos saludos de colega, chocando los puños y palmeándose mutuamente la espalda. En cambio, a mí me dirigió una mirada suspicaz, con los ojos entornados, hasta que el senador dijo: «Tranqui, Nesquick; yo respondo». De inmediato reaparecieron los hoyuelos y nos hizo pasar.

“Supongo que, como muchas personas, arrastro un montón de ideas preconcebidas sobre los burdeles. Siempre me imagino una mansión victoriana de Nueva Orleans, un montón de encajes y una elegante madame entrada en años aunque todavía hermosa.

“Pero, bien pensado, parecía más lógico el panorama que tenía ante mis ojos: un rectángulo de unos cuatrocientos metros cuadrados sin mobiliario, salvo unos sofás de cuero negro y una pantalla de plasma de sesenta pulgadas. Había dado por supuesto que habría una barra de bar donde acomodarse, o una especie de sala de estriptis desde donde vigilar a Calderoni sin tener que hacer nada que luego tuviera que reprocharme. Pero aquel lugar estaba pensado para los VIP y no había dónde esconderse. De mala gana, me senté en un sofá.

“Una señorita se instaló a mi lado, invadió de inmediato mi territorio y se presentó a sí misma:

—Me llamo Irina. Soy de Rusia.

—Qué original.

—Gracias.

“¿Por dónde empezar la descripción de Irina? Lucía un falso diamante Monroe: un piercing junto al labio superior que quería parecerse al bello lunar de Marilyn; se había maquillado a base de purpurina y llevaba algo que, generosamente, podría describir como un vestido. Enseguida se puso pesadita con las manos, pero yo no estaba demasiado preocupado por mí. Quizá tuviera que montar una escena o abandonar el lugar, pero tenía muy claro que no iba a jugar al gato y el ratón con aquella chica. Me tenían sin cuidado los comentarios de Dino. En algún punto había que poner el límite.

“Acurrucada junto a Calderoni, se sentaba una coreana con un par de coletas cuyo nombre no había logrado entender. En mi atribulado monólogo interior empecé a llamarla «Hello Kitty». Era evidente que ambas chicas acababan de bajarse del barco, como quien dice; casi podía olerse el embalaje. En vulgaridad y estridencia, Kitty no le llegaba a la suela del zapato a Irina; era bastante mona, de hecho, y tenía un aire ingenuo. Por fortuna me había tocado la chica que más me repelía. No habría de sufrir ninguna tentación.

“Me iba defendiendo bastante bien de Irina mientras ella trataba de subir la mano izquierda por mi muslo, caminando con dos dedos, y llegué a pensar que quizá lograra salir de allí con el pellejo y el alma intactos.

“Casi empezaba a tranquilizarme, salvo por el chaval de la cocina: un chico menudo y bastante joven —quince o dieciséis años— que no prestaba la menor atención a las actividades en la sala de estar (era una de esas casas de planta abierta llena de ecos). Sentado en un taburete junto a la encimera de la cocina y con la mirada totalmente perdida, tecleaba sin parar en su móvil con un pulgar mientras con la otra mano se arrancaba las costras de acné de las mejillas. Cada vez que trataba de desentenderme de él, debía de llegarle algo divertido al móvil a través de las ondas, porque soltaba una risita afeminada que inundaba toda la casa y me ponía los pelos de punta. Aquel chaval no debía de pesar más de cincuenta kilos, pero en cierto modo me daba más miedo que Nesquick.

“Irina parecía haberse convertido en un pulpo. El chico se deshizo otra vez en risitas. Cuando ya creía que la cosa no podía ponerse más espeluznante, Nesquick se acercó al estéreo y puso un CD. Unos violines interpretaron una melodía que sonó a través de los gigantescos altavoces. Me costó un momento identificar la música. Se trataba de Dusty in Memphis, «Just a Little Loving».

“La música acabó de darle a la escena un ambiente de pesadilla. Ya estaba bien, me largaba. No quería perder mi licencia de abogado (me la había sacado en Virginia en febrero), ni tampoco traicionar a Nadia. La cuestión era si podía hacerlo sin echar a perder todo mi trabajo con Calderoni hasta el momento.

“Cuando ya me levantaba para irme, se produjo un diálogo silencioso a base de miradas, entre el senador y Nesquick. Este asintió y abrió una caja lacada que había en la mesita. Tuve un mal presentimiento acerca de su contenido.

“Supongo que no deja de reflejar mi estado de ánimo el hecho de que sintiera un enorme alivio al observar que solo sacaba el instrumental para drogarse: una pipa de cristal.

“Casi me entraron ganas de darle un abrazo a Irina (casi). ¡Aquellas chicas no eran prostitutas! Eran tipas colgadas de las drogas. A punto estuve de darme una palmada en la frente. Yo no había fumado marihuana desde hacía años, pero reconocía una pipa cuando la veía. Tenía ganas de explicárselo todo con una carcajada a mis nuevos amigos de La Cecchingola. Incluso (tal vez un día) podría explicárselo a Nadia. Le encantaría la historia: «El senador Calderoni me llevó a casa de unos traficantes para fumar un poco de hierba, y yo me puse como loco pensando que me había llevado a un burdel». Jo, quizá no me vendrían mal unas caladas después de ponerme tan frenético.

—¿Te apetece echar una nube? —me preguntó Nesquick.

—No, gracias —contesté. Él me miró como si yo fuera un agente de narcóticos, pero cargó la pipa pese a todo. Yo no había oído nunca la expresión «echar una nube», pero no le di mayor importancia (no estaba del todo atento) ni tampoco le atribuí un significado especial al soplete de butano que sacó acto seguido, ni al tintineo que sonó en la pipa mientras la cargaba.

“No, no lo hice; tan solo cuando encendió el maldito chisme, cuando llegó a mis narices un vapor repulsivamente dulce que recordaba en cierto modo a productos de limpieza para el baño, caí en la cuenta de que no tenía nada que ver con la vieja e inocente (ya me entienden: la-probé-un-poco-en-la-universidad) marihuana americana.

“Como no quería provocar a Nesquick, sobre todo ahora que tenía los dos pulmones llenos de vaya a saber qué droga, adopté un tono despreocupado:

—Ah, así que es…

—Tina —dijo Calderoni.

—Tina, vale.

—Hielo —añadió Nesquick, desabrido.

¿Crack? ¿Aquello era crack? ¿Me había metido en un antro de crack?

—¡Ah, bueno! —dije—. Coca.

—No, no; tina. Cristal.

“Irina soltó una risita ante mis problemas de vocabulario, que yo consideraba bastante rico. O sea que…, ¡cristal meta! ¡Ajá! Me sentía como si acabara de ganar un concurso de la tele, aunque la verdad era que no sabía prácticamente nada, salvo que mis nuevos amigos no estaban fumando crack.

“Mi conocimiento sobre la meta (lo había aprendido durante mi entrenamiento, donde un número nada despreciable de operarios de la “sala de máquinas” —las ratas de las bodegas— eran, o habían sido, adictos a la metanfetamina) es que tiene un doble efecto: provoca que se te arrugue la polla igual que si te zambulleras en el mar del Norte y, a la vez, te pone infinitamente cachondo, situación del todo paradójica que provoca una cantidad tremenda de problemas entre los cuales, desde luego, no quería verme metido.

“Irina soltó una gran bocanada de humo y me recorrió con los ojos como si yo fuera la mesa de un bufé. Nesquick, Kitty y Calderoni se largaron de allí (aunque advertí que los dos caballeros se tomaban primero una especie de pastilla), dejándome solo con mi amor soviético, que hizo una finta y consiguió por fin desbordar mis defensas y meterme mano. Me las arreglé para sacarle la zarpa sin que se llevara ninguna porción esencial de mi anatomía.

“Ella puso una expresión desolada, la verdad, pero aún temblaba gracias a la energía proporcionada por la droga.

—Oye, lo lamento. Eres muy guapa. Pero no soy como te imaginas. Tengo que irme —dije levantándome.

“Y entonces, bendita sea su alma, Irina se arrellanó en el sofá y, dirigiéndome una mirada dulce y santurrona, farfulló:

—Ya te entiendo.

—Estupendo. Sí, sí; no es nada personal. Pero debo irme.

—Ya. Eres marica; no hay problema. Yo lo arreglo.

—No, no, no, no —protesté.

“Irina le dijo algo al chico de la cocina en un idioma que se parecía más al polaco que al ruso y luego lo repitió a gritos para llamar su atención. Él puso cara de fastidio y subió arriba enfurruñado. Debería haberme imaginado en cuanto le puse la vista encima que aquel chaval era un friki de las anfetas.

“Revisé mi teléfono móvil. Otro mensaje de Nadia: «Se me cierran los párpados, cielo. Buenas noches. Dame un beso cuando llegues».

“Hacía rato que sentía como si la estuviera traicionando, pero aquello fue como retorcer el cuchillo en la herida. Me acerqué al vestíbulo, junto a la escalera.

—Solo quiero decirle a Marco que he de irme —le grité al chico.

“Aguardé un minuto, balanceándome sobre los talones y lanzándole de vez en cuando, idiota de mí, una sonrisa nerviosa a Irina.

“Al fin el chaval reapareció en lo alto de la escalera y me hizo señas de que subiera. El vestíbulo del segundo piso estaba todavía más desnudo que el de la planta baja. Me guió hasta el fondo de un largo pasillo y me hizo pasar a una habitación exigua con puertas correderas a ambos lados, como las que separan las suites de un hotel.

—Espere aquí —dijo, y desapareció.

“Pasó un minuto, dos. Pensé en largarme por las buenas, pero para contentar a Dino (me había dicho expresamente que no me separase de Calderoni), me pareció que no debía dejarlo sin avisarlo. Al fin, Nesquick, el monstruo con cara de bebé, apareció en albornoz; lucía las mejillas sonrosadas.

—Quiero hablar con Marco, o quizá pueda usted decirle…

“Él señaló con un gesto las puertas correderas que tenía a su espalda y, a continuación, las abrió por completo.

—¡Eh, Marco! —grité al reconocer al ilustre senador, pero enseguida me falló la voz. Estaba enredado en una orgía tan compleja que casi parecía un ejercicio coreográfico. Desvié la mirada en el acto, cosa que me sirvió para atisbar otra habitación, donde un tiparraco de más edad estaba en pleno abrazo con dos damas.

“Miré hacia la pared, momentáneamente paralizado, mientras reunía el control muscular necesario para salir de allí cagando leches. Entonces oí que Calderoni me decía: «¡Entra, Popo!»

“Nesquick se despojó del albornoz. No sé qué pastilla habría tomado, pero compensaba con creces los efectos secundarios de la meta.

—Irina ha dicho que me querías a mí —dijo.

“Me lancé hacia la puerta que me libraría de aquella pesadilla, pero el culturista me cerró el paso.

—¿Qué te ocurre? —preguntó. Yo miré al techo y, dando un buen rodeo, traté de alcanzar la salida—. Quiero decir, Marco ya lo ha pagado todo.

“Se me acercó un poco más, implacable como un ejército de zombis. Detesto perderme una fiesta o una buena ocasión, pero a esas alturas yo ya corría más deprisa que en toda mi vida. Para aquellos de ustedes a los que, desde su hogar, no se les escapa ningún detalle, debo aclararles que me había equivocado cuando pensé que me hallaba en una casa de putas y también lo hice cuando pensé que estaba en un fumadero de marihuana. No, damas y caballeros, habíamos sacado el premio gordo: estaba en un burdel de amplio espectro propulsado con metanfetamina, en compañía del ilustre caballero de Rimini.

“Me sentía consternado, quería borrármelo todo de la mente mientras bajaba los peldaños de tres en tres. Aterricé dando un traspié en el vestíbulo y, al incorporarme…, descubrí que acababa de llegar la policía.

“Durante medio segundo, casi me alegré. La caballería venía a salvarme de aquellos malos malísimos y de la verga gigante de Nesquick. Pero cuando me pusieron en las muñecas las esposas comencé a calibrar la enormidad del jaleo en que estaba metido. Ya no me enfrentaba a una acusación por allanamiento fácilmente subsanable, que era lo peor que podría haberme ocurrido tras mi incursión en el Gilda. No; ahora me aguardaban dos o tres acusaciones por graves delitos, y Roma está plagada de jueces con afición a la horca.

“Pero en lo único que pensaba era en mi padre. El viejo cabrón me lo había predicho.”

29 de diciembre

29 diciembre, 2013

La primera imagen consciente que tengo de él es la de un hombre atractivo –con el rostro desencajado– que entró corriendo a un cuarto de baño mientras un niño gritaba “¡socorro, auxilio!” Yo aún no lo sabía pero ese hombre asustado era mi tate Juan y al escuchar los gritos que salían de mi casa buscó las llaves en el primer cajón del armario de su salón y cruzó, raudo, toda su vivienda, el descansillo de la escalera y mi propia casa después de abrir con sus llaves.

La segunda imagen consciente que tengo de él es la de un hombre atractivo de unos cuarenta años –con el pelo cano– que se reía a carcajadas al comprobar que ese niño de tres, yo, pedía auxilio porque no le apetecía bañarse ese día y su madre ya lo había metido en la bañera.

Recuerdo cómo llorábamos en casa cuando supimos que el Banco Atlántico, la empresa en la que trabajaba, lo destinaba a trabajar en Madrid, en una oficina cerca del Retiro.

Me acuerdo de mis primeros paseos por la capital, de cómo me llevaba de la mano por el centro, de cómo me enseñaba la ciudad y de cómo me acariciaba el pelo cada vez que parábamos en un semáforo en rojo.

Gracias a él sé cómo huele el tabaco negro, el anís, el café solo y las bolitas de alcanfor. Y eso también es vida.

Recuerdo cómo hacíamos planes para vivir con él, con su familia, cuando yo me fuera a Madrid a estudiar periodismo, al principio, y psicología, poco después.

Me acuerdo de las calurosas ferias de Peñaflor, de las noches en vela cazando lagartijas –aunque le dieran miedo– y de las mañanas al fresco en el Bar Central, el único del pueblo.

Recuerdo todas y cada una de las batallitas que me contó –sin ser él de contar batallitas– y de cómo pensé que era un héroe romántico cuando me decía que, en su juventud, recorría todos los días en bici los 10 kilómetros que separan Palma del Río de Peñaflor. Tampoco olvido la vez aquella que me dijo que atrochó por una finca con toros y que le costó un disgusto. O dos: una bicicleta destrozada y tener que mal dormir una noche entre las ramas de un árbol.

Le gustaba el fútbol así, como concepto, todo, sin haberse declarado nunca de ningún equipo.

Recuerdo lo cariñoso que era con su mujer, mi Tata, Lina, con sus hijos Juan Francisco y Ángela, y con todos los allegados, con todos nosotros.

Sé, porque me lo ha contado mi tata, que hasta el último momento le ha dado besos a diario. Y que siempre le ha dicho lo especial que es. Aunque el tratamiento le estuviera consumiendo, aunque estuviera sondado.

Y hoy, el fatídico día en que le hemos despedido, siento un vacío inmenso en el pecho. El tipo de vacío que se siente, quiero suponer, cuando una persona que ha sido muy importante en tu vida durante 32 años desaparece.

 

Lo mejor de la Thermomix

11 noviembre, 2013

En casa somos unos payasos. Solemos reírnos de nuestra sombra y hacer comentarios jocosos acerca de cualquier situación que nos acontezca.

No en vano, vivimos dos, mi hija y yo, y si no fuera así, indudablemente, la vida sería demasiado aburrida.

El otro día, en uno de nuestros experimentos descubrimos lo mejor de la Thermomix. Y así lo hemos bautizado en casa. Así, cada vez que Noa ve que la estoy limpiando – y prometo que desde el día en que lo descubrimos la uso mucho más – me pide, siempre que lo haga. Y reímos hasta caer al suelo retorciéndonos de placer.

La receta, descrita según el estilo Thermomix es la siguiente.

Ingredientes:

2 vasos de agua

Un chorreón de lavavajillas (nosotros usamos Fairy)

Receta:

Cuando vaya a limpiar su Thermomix vierta en el vaso metálico las dos medidas de agua.

Añada un chorreoncito de Fairy.

Programe dos minutos, 50 grados, velocidad progresiva 3-5-7.

Una vez acabado el tiempo, quite con cuidado la tapa del vaso.

Con la tapa del vaso en la mano, quite el vasito de plástico que cubre el orificio central. Una fina película de jabón habrá quedado en ese orificio.

Con sumo cuidado, acérqueselo a la boca y sople.

Preste atención a que la pompa de jabón que se forme no sea más grande que su salón.

Para niños, Ridley, para niños

4 noviembre, 2013

 

Por una de esas casualidades que pasan en la vida, antes de ayer y ayer me vi comiendo con Ridley Scott, varios miembros del equipo técnico y algunos de los actores que forman parte del elenco de la película que está grabando en la actualidad, “Exodus”. Yo, que soy poco mitómano, lo tomé por lo que he dicho que era, una casualidad. Sin embargo, y con el fin de afianzar lo que le digo mucho a Noa, mi hija, sí quise que ella le diera importancia al hecho. Sin más.

 

Desde que Noa tiene sentido de la razón le he dicho que el ser humano tomó conciencia de sí mismo, y por lo tanto es ser humano completo, gracias al arte en sus más variopintas expresiones. Reconocer y externalizar sentimientos. Por cosas así.

 

Así que le dije que Ridley era un artista. Sin más. Noa pasó un buen rato hablando con él: primero mientras montaban la sorpresa que venía dentro de un huevo de esos de chocolate que se comió ayer de postre, porque comió muy bien; después mientras Noa hacía fotos –mejor que yo– con una Polaroid que compartimos.

 

Hasta aquí todo normal. Más o menos.

 

Por un momento, la conversación que mantenían se desarrolló así:

 

–      “Entonces, ¿tú haces pelis?”

–      “Sí, Noa. Bueno, yo y todas estas personas que están aquí conmigo”.

–      “Pero las pelis que haces, ¿son siempre para mayores?”

–      “Sí, normalmente. Tú no puedes verlas de momento, pero ya crecerás”.

–      “Pues podrías hacer una peli para niños. Así no tengo que esperar tanto”.

–      “Bueno, lo que ocurre es que no hago películas para niños porque no sé hacerlas, Noa”.

–      “Seguro que sí sabes, pero no lo has intentado nunca”.

–      …

–      “Mira, mi padre me lee por las noches cuentos para niños hechos por escritores para mayores. ¿A que sí, papá?”. Yo respondí que sí, claro.

–      …

–      Por ejemplo, mi favorito se llama El Elfo y la Princesa y lo escribió un hombre que se llamaba Pessoa. Lo que pasa es que no lo escribió en español, sino en un idioma que se llama portugués. Mi papá no sabe portugués, pero me lo puede leer en español porque una persona lo ha escrito en español. Seguro que tú puedes leerlo también en inglés. ¡Menos mal que esas personas lo escriben en varios idiomas para que lo podamos entender todos”.

–      “Pues si a ti te gusta a lo mejor a mi también. Voy a apuntar el nombre del cuento”.

–      “Bueno, lo importante es que Pessoa escribía para mayores, pero también para niños. A lo mejor tú puedes hacer una peli para que yo y otros niños la podamos ver y así saber si la haces bien o mal”.

 

Noa volvió a sus fotos, a entretenerse. Ridley hizo un par de comentarios jocosos sobre la conversación y dejó entrever lo que pensaba sobre hacer una peli para niños. ¡Quién sabe!

 

Parot, o de la importancia de una erre.

23 octubre, 2013

Si en google se escribe “Parot” y se pulsa en el botón “buscar”, el primer enlace que aparece, a día de hoy, es:

 

http://en.apa.az/news/201473

 

Sin embargo, algo más abajo, aparecen las fotos de varios loros.

 

Eso es porque loro, en inglés, se dice ParRot. Una erre más o menos, una similitud semánica que viene a justificar lo que los del Tribunal de Estrasburgo pensaron cuando recibieron la documentación del caso: “Cágate, lorito, que estos políticos de España modifican la ley a su antojo y la aplican como les viene en gana”.

 

Otro ejemplo, más, del cortijo España, manejado, que no gestionado, por inútiles políticos multicolor.

 

Y hasta aquí, el comentario político de la jornada.

Tragicomedia en tres actos

25 julio, 2013

Personajes:

 

Mariano. Presidente del Partido Popular. Actual Presidente del Gobierno de España.

 

Soraya. Vicepresidenta del Gobierno de España. La niña de Mariano.

 

Luis. Extesorero del Partido Popular. En la cárcel por delitos económicos varios.

 

Primer acto:

 

Estamos en julio del 2009. La escena se sitúa en una reunión política en la que abundan las corbatas, los trajes a medida y la gomina. Asisten, entre otros, Mariano, Soraya y Luis. Un mero trámite en la que nuestros protagonistas hablan, sosegadamente, de la situación política actual.

 

En la siguiente escena pondremos a Mariano detrás de un atril leyendo un documento interno del partido. Una declaración en la que avisan que Luis, de forma negociada, ha dejado temporalmente su puesto de trabajo en el Partido.

 

Mariano, en un primer plano, afirma: “Confío en su inocencia y creo que esta quedará demostrada. La decisión de Luis Bárcenas está inspirada una vez más en su lealtad al Partido Popular. A lo largo de 28 años de servicio al partido, ha sido un ejemplo de profesionalidad”.

 

Para Mariano, pues, Luis es una persona ejemplar.

 

A la postre, Luis fue encarcelado por graves delitos fiscales.

 

Segundo acto:

 

Cambiamos de fecha, y de escenario. Nos movemos a la sala de prensa del Palacio de la Moncloa y viajamos en el tiempo hasta el 1 de febrero de 2013.

 

Soraya, hablando de Mariano: “Lo que he visto en estos 12 años ha sido, siempre, una conducta ejemplar. Nunca le he visto saltarse una norma”.

 

Para Soraya, pues, Mariano es una persona ejemplar.

 

Sin comentarios.

 

 

 

Tercer acto:

 

Volvemos a coger la máquina del tiempo y saltamos unos meses en el calendario hasta el 25 de julio de 2013. El escenario lo situaremos, esta vez, en Santiago de Compostela.

 

Tenemos a Mariano leyendo una declaración institucional en la sede del Gobierno Gallego. Una declaración de casi siete minutos.

 

Mariano: “Quiero darle las gracias a todos los funcionarios y empleados públicos, de todos los sectores. Su comportamiento ha sido admirable y ejemplar. El de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, el de las personas que trabajan en los distintos organismos del Ministerio de Fomento, los servicios de emergencia, los bomberos, el personal sanitario (…) Gracias a todos. Ha sido muy reconfortante.”

 

Para Soraya, pues, todas las personas que ayudasteis ayer a las víctimas y a los familiares de víctimas del accidente de tren sois como Mariano. Ejemplares.

 

Para Mariano, pues, todos los que ayer ayudasteis a las víctimas del accidente de tren, todos los que habéis ayudado hoy, todos los que habéis ido a donar sangre, sois como Luis. Sois unas personas ejemplares.

 

(A partir del minuto 1:40)

 

Y que cada uno entienda la ejemplaridad como quiera.